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Oyá –
Ìyá mesan Òrun
Cuesta definir a esta divinidad originaria de Irá –Nigeria- para
algunos, mientras que para otros estudiosos su culto sería
proveniente de los pueblos nupkwe. Tal vez, más que definirla,
asociarla como se hace con otras divinidades del panteón a un
elemento dado. Oyá participa de los cuatro elementos clásicos,
aunque básicamente podría decirse que es aire caliente. Algunos
aspectos se vinculan al agua, otros a la tierra en cuanto divinidad
de los bosques y sociedades de cazadores; al desempeño humano como
protectora de los mercados; a la feminidad activa como ìyálode o
mujer con voz en las sociedades tradicionales; al culto de Eègúngun
como vínculo generacional; a los partos gemelares y extraños…En fin,
un largo listado de funciones para esta divinidad poco comprendida a
la que se asocia la estera iniciática no sólo como lugar de reposo,
sino como símbolo de una muerte provisoria.
Casi siempre se la menciona como esposa o concubina
de Sàngó, aunque
se pasa por alto que fue ella quien le proporcionó el uso del fuego
como arma. En efecto, la extensa mitología en torno a la diosa narra
que fue ella quien suministró a su compañero la “medicina” que
permitía arrojar llamas por la boca no sin antes probar su eficacia.
De modo que en un análisis un tanto más justo, podría establecerse
que una parcela del poder masculino que ostenta el dios del trueno
se la debe a esta esposa a quien hubo de violentar –también lo narra
el mito- para poder vencer el peligroso y creciente poder femenino.
A
consecuencia de este acto, Oyá consigue abrir su vientre aunque pare
hijos extraños, entre ellos a Eègún, la voz de los espíritus. Pero
la vemos en otras circunstancias, y con otros compañeros. Con Ògún,
divinidad del hierro y los círculos iniciáticos masculinos; con Ode,
señor de los cazadores; con Obaluwàiyé, a quien da una estera de
juncos para que pueda dormir sin sentir el dolor de su carne
llagada.
En los dos primeros casos, tanto con Ògún como con
Ode, cuenta la leyenda que fue conocida por ellos como una mujer
extranjera, de lenguaje incomprensible cuyo secreto era poder
refugiarse bajo la piel de un animal –más exactamente un búfalo- y
que la traición a su secreto provocó su regreso a la vida salvaje.
Tal vez sea este el origen de los cuernos que lleva en par y en
bandolera en su traje ceremonial del candomblé; así como el uso del
eruesin de rabo
de caballo o de ñu que comparte, además, con los cazadores. Este
atado de crines de animales salvajes representa la unión de las
generaciones de bestias abatidas por un lado y la ancestralidad
colectiva del ser humano por otro. En ambas versiones del mito son
las otras mujeres de la casa quienes embriagan al cazador-héroe para
que revele los secretos de su mujer y una vez conseguido terminan
castigadas por la furia ciega de la mujer-búfalo. Añade la narración
que deja a sus hijos de herencia los cuernos con los que es posible
invocarla en caso de necesidad. Todos los mitos son contestes en su
capacidad de vendedora –en algunos casos de obi, en otros de
cuentas- lo que la conduce al espacio femenino por antonomasia: el
mercado.
El mercado es para los pueblos antiguos en general -y
para los yòrùbá-fon en particular- un espacio sagrado donde se
procesa no solo el intercambio y la compraventa sino también la
comunicación en todo sentido. De modo que podemos inferir que es
“comunicadora”, y el orikí “ìyá mesan
Òrun” traduce
este aspecto al relacionarla a los “nueve espacios del mundo
sobrenatural”, lo que la define como una divinidad psicopompa,
relacionada a los espíritus en su ascenso y descenso del otro plano
existencial.
Por sus características tan especiales vinculadas al
movimiento, le caben el color rojo, el naranja, el blanco –como suma
de todos ellos- y en las modalidades rituales afrocubanas todos
ellos, incluyendo los demás colores uno tras otro, como un arco
iris. Es decir, pasa de gún (actividad) a èrò (calma) de un momento
a otro por su capacidad de extrema movilidad. Movilidad por cierto
que la asemeja a Èsù,
otro elemento fueguino y comunicador, así como “olóojá”
o “Señor del Mercado”. Se asienta en recipientes de barro que
refuerzan la idea de la calabaza primordial como vientre-contenedor,
y su piedra, dependiendo de la diversidad ritual, será rojiza oscura
y redondeada, como corresponde a una divinidad femenina. Le están
consagrados los abanicos, porque mueven el aire; las cañas flexibles
que permiten atravesar al viento y el cobre, material-signo de la
realeza yòrùbá cuya maleabilidad permite pasar de una forma a otra.
Oyá
pertenece al arquetipo de la mujer liberal y libertada de la tutela
masculina, aquella que lleva adelante su propia vida asumiendo los
riesgos, la que va al frente y se ríe de los prejuicios. Es la
cazadora, no la presa. Es el misterio de lo desconocido, ya sea la
profundidad de la selva, el mundo de los espíritus o el alcance de
un lenguaje para transmitir ideas. Es la compañera idónea del
guerrero, la que no es seducida por una alhaja o un paño vistoso
sino por la victoria en cada empresa; el rayo que cae donde menos se
espera dejando un olor de aire quemado como señal de renovación; en
fin, el poder femenino no tanto en su aspecto de creación sino de
cambio y destrucción, necesarios ingredientes de la conservación de
la especie que custodia desde las sociedades de culto a los
ancestros, cadenas inextinguibles de humanidad.
Oyá balè e láárí o, Oyá balè!
Oyá tocó la tierra, Ella es importante
Oyá balè e láárí o, Oyá balè!
Oyá tocó la tierra, ¡Ella es principal!
Ádá máà dé f’àrá gè ngbélé
Que su espada no llegue hasta nosotros, ni use sus rayos para cortar
la casa en que vivimos.
Oyá balè e láárí o!
Oyá tocó la tierra, ¡Ella es de alto valor!
Ó ní lábá-lábá!
¡Ella es (como) una mariposa!
Ó lábá ó!
¡Ella es un morral!
Olúafééfé!
¡Dueña y señora de los vientos,
Sorí omon!
que soplan sobre las cabezas de sus hijos!
Eèpa heyi Oyá!
¡Salve, Oyá!
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