AFROENDANZA  - Danza Afro  Marcela Gayoso

 

 

 

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La concepción del Tiempo en el Candomblé

Conferencia del  profesor Reginaldo Prandi (Sociólogo doctorado en la Universidad de Sao Paulo y pos doctorado en South Oregon College, SOC, Estados Unidos. Profesor del Curso de Pós-Graduação em Sociologia da USP e investigador del CNPq)

 

Para los africanos tradicionales, el tiempo es una composición de los eventos que ya sucedieron o que están por suceder inmediatamente. Es la reunión de aquello que ya experimentamos como realizado, siendo que el pasado, inmediato, está íntimamente ligado al presente, del cual es parte, mientras que el futuro, inmediato, es sólo la continuación  de aquello que ya comenzó a suceder en el presente, sin que tenga ningún sentido la idea del futuro como acontecimiento remoto desligado de nuestra realidad inmediata. El futuro que se expresa en la repetición cíclica de los hechos de la naturaleza, como las estaciones, las colectas venideras, el envejecimiento de cada uno, es la repetición de lo que ya se conoció, vivió y experimentó, no es futuro. No hay sucesión de hechos encadenados en el pasado distante, ni proyección del futuro; la idea de historia como la conocemos en Occidente no existe; la idea de hacer planes para el futuro, de planear los próximos acontecimientos  es completamente absurda. Si el futuro es aquello que no se experimentó, entonces no tiene sentido ni se puede controlar, pues el tiempo es el tiempo vivido, el tiempo acumulado, es tiempo sucedido.

Para los yorubas y otros pueblos africanos, los sucesos del pasado están vivos en los mitos, que hablan de grandes acontecimientos, actos heróicos, descubrimientos y toda suerte de eventos de los cuales la vida presente sería su continuación. Al contrario de la narrativa histórica, los mitos ni están fechados, ni muestran coherencia entre sí. Cada mito atiende una necesidad de explicación tópica y justifica hechos y creencias que componen la existencia de quien lo cultiva, lo que no impide la existencia de versiones contradictorias cuando los hechos e intereses a justificar son diferentes. El mito habla del pasado remoto que explica la vida en el presente, más que eso, que se rehace en el presente. El tiempo mítico expresa el pasado distante, y hechos separados por un intervalo de tiempo muy grande pueden presentarse en los mitos como ocurrencias de una misma época, concomitantes. Cada mito es autónomo y los personajes de uno pueden aparecer en otro mito con otras características y relaciones, a veces contradictorias con las primeras. Los mitos son narrativas parciales y su reunión no propicia el diseño de ninguna totalidad, pues no existe un hilo narrativo en la mitología, como aquel que guía la construcción de la historia para los occidentales. En el mundo mítico, los eventos no se ajustan a un tiempo continuo y lineal. El tiempo del mito es el tiempo de los orígenes, y parece existir un tiempo vacío entre el hecho contado por el mito y el tiempo del narrador.

Para los yorubas, los muertos deben reencarnar y, mientras esperan por el renacimiento, habitan el mundo de los que van a nacer, que está próximo al mundo del aquí y ahora, en mundo en que vivimos, el Aiê. Ese mundo del futuro inmediato se ata al presente por el hecho de que aquel que va a nacer de nuevo tiene que permanecer vivo en la memoria de sus descendientes, participando de sus vidas y siendo alimentado por ellos en los ritos sacrificiales, hasta el día de su renacimiento como un nuevo miembro de su propia familia. Para el hombre, el mundo de las realizaciones, de la felicidad, de la plenitud, es el mundo del presente, el Aiê, sin que haya premio ni castigo en el mundo de los que van a nacer, el mundo de los muertos, pues allí nada sucede. Los hombres y las mujeres pagan por sus crímenes en vida y son castigados por las instancias humanas. De la misma forma, los castigos a los humanos impuestos por los dioses y antepasados, por causa de malos actos, no los alcanzan después de la muerte, pero se aplican a toda la colectividad a la cual el infractor pertenece, y eso también sucede en el Aiê, en una concepción ética que está focalizada en la colectividad y no en el individuo. (Mbon, 1991:102), sin que exista la noción cristiana de salvación en el otro mundo ni la idea de pecado. El otro mundo habitado por los muertos es temporario, transitorio, volcado al presente de los humanos. Ni siquiera la vida espiritual tiene expresión en el futuro. Los muertos ilustres -fundadores de troncos familiares y de ciudades, héroes, reyes, conquistadores, grandes sacerdotes- pueden llegar a ser adorados como antepasados, los egunguns, yendo a habitar el pasado mítico, el pasado distante, localizado en el Orum, donde viven los dioses orixás, de los cuales muchos son antiguos héroes divinizados, cuyo culto se desprendió de los límites de la familia y se generalizó, incorporándose al pasado mítico de todo un clan, una ciudad, un pueblo, viniendo a tener altares erigidos en su homenaje, inclusive hasta del otro lado del océano, como sucedió con muchos orixás en América.

El pasado remoto de la narrativa mítica, que trata de los orixás y de los antepasados, se transmite de generación en generación, por medio de la oralidad, es el que da el sentido general de la vida para todos y proporciona la identidad grupal y los valores y normas escenciales para la acción en aquella sociedad, confundiéndose plenamente con la religión. Enseña Prigogine, premio Nobel de física, que el tiempo cíclico es el tiempo de la naturaleza, el tiempo reversible, es también el tiempo de la memoria, el tiempo mítico que no se pierde, sino que se restablece. En contrapartida, el tiempo de la historia, es el tiempo irreversible, un tiempo que no se asocia ni a la eternidad ni al eterno retorno. El tiempo del mito y el tiempo de la memoria describen un mismo movimiento de reposición: sale del presente, va hacia el pasado y vuelta al presente, en donde el futuro apenas es el tiempo necesario para la reencarnación, el renacimiento, el comenzar de nuevo. La religión es la ritualización de esa memoria, de ese tiempo cíclico, o sea, la representación en el presente, a través de símbolos y escenificaciones ritualizadas, de ese pasado que garantiza la identidad del grupo -quiénes somos, de dónde vinimos, a dónde vamos?. Es el tiempo de la tradición, del no cambio, de la religión , la religión como fuente de identidad que reitera en lo cotidiano la memoria ancestral. En el candomblé, emblemáticamente, cuando un hijo de santo entra en transe e incorpora un orixá, asumiendo su identidad, que está representada por la danza característica que recuerda las aventuras míticas de esa divinidad, es el pasado remoto, colectivo, lo que aflora en el presente para mostrarse vivo, el transe ritual repite el pasado en el presente, en una representación en carne y hueso de la memoria colectiva.

Para los yorubas, como todo es repetición, nada es novedad, aquello que nos sucede hoy y que está a punto de suceder en el futuro inmediato, ya fue vivido antes por otro ser humano, por un antepasado, por los propios Orixás. El Oráculo de Ifá, practicado por los babalaos, se basa en el conocimiento de un gran repertorio de mitos que hablan de toda suerte de hechos sucedidos en el pasado remoto que vuelven a suceder, involucrando personajes del presente. Siempre es el pasado lo que ilumina el presente y el futuro inmediato. Conocer el pasado es detentar las fórmulas de control de los acontecimientos de la vida de los vivos. Ese pasado mítico, que se renueva a cada instante en el presente, se narra a través de los Odus del Oráculo de Ifá, preservados en Brasil por el juego de buzios de las madres y padres de santo de los candomblés. El juego de buzios es la lectura del tiempo mítico que se rehace en el presente. Es mirar el presente con los ojos del pasado.

A esa concepción africana de tiempo están íntimamente asociadas las ideas de aprendizaje, saber, competencia, y jerarquía que podemos observar en el candomblé. Para los africanos tradicionales, el conocimiento humano se entiende, por sobretodo, como resultado del transcurrir inexorable de la vida, del beneficio del tiempo, de la construcción de la biografía. Se sabe más porque se es viejo, porque se vivió el tiempo necesario para aprender. el aprendizaje no es una esfera aislada de la vida, como nuestra escuela occidental, sino un proceso que se realiza desde adentro, participativamente. Se aprende a medida que se hace, que se vive. Con el pasar del tiempo, los mas viejos van acumulando un conocimiento al cual el joven solo podrá acceder cuando haya vivido las mismas experiencias. Incluso cuando se trata de conocimiento especializado, el aprendizaje es por imitación y repetición. Las diferentes sociedades profesionales, especialmente las de carácter mágico y religioso, dividen las responsabilidades de acuerdo con la antigüedad de sus miembros y establecen ritos de pasaje que marcan la culminación de una etapa de aprendizaje para ingresar a otra, que ciertamente, implica el acceso a nuevos conocimientos, secretos o misterios de la sociedad.