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Para los africanos
tradicionales, el tiempo es una composición de los eventos que ya
sucedieron o que están por suceder inmediatamente. Es la reunión de
aquello que ya experimentamos como realizado, siendo que el pasado,
inmediato, está íntimamente ligado al presente, del cual es parte,
mientras que el futuro, inmediato, es sólo la continuación de
aquello que ya comenzó a suceder en el presente, sin que tenga
ningún sentido la idea del futuro como acontecimiento remoto
desligado de nuestra realidad inmediata. El futuro que se expresa en
la repetición cíclica de los hechos de la naturaleza, como las
estaciones, las colectas venideras, el envejecimiento de cada uno,
es la repetición de lo que ya se conoció, vivió y experimentó, no es
futuro. No hay sucesión de hechos encadenados en el pasado distante,
ni proyección del futuro; la idea de historia como la conocemos en
Occidente no existe; la idea de hacer planes para el futuro, de
planear los próximos acontecimientos es completamente absurda.
Si el futuro es aquello que no se experimentó, entonces no tiene
sentido ni se puede controlar, pues el tiempo es el tiempo vivido,
el tiempo acumulado, es tiempo sucedido.
Para los yorubas y
otros pueblos africanos, los sucesos del pasado están vivos en los
mitos, que hablan de grandes acontecimientos, actos heróicos,
descubrimientos y toda suerte de eventos de los cuales la vida
presente sería su continuación. Al contrario de la narrativa
histórica, los mitos ni están fechados, ni muestran coherencia entre
sí. Cada mito atiende una necesidad de explicación tópica y
justifica hechos y creencias que componen la existencia de quien lo
cultiva, lo que no impide la existencia de versiones contradictorias
cuando los hechos e intereses a justificar son diferentes. El mito
habla del pasado remoto que explica la vida en el presente, más que
eso, que se rehace en el presente. El tiempo mítico expresa el
pasado distante, y hechos separados por un intervalo de tiempo muy
grande pueden presentarse en los mitos como ocurrencias de una misma
época, concomitantes. Cada mito es autónomo y los personajes de uno
pueden aparecer en otro mito con otras características y relaciones,
a veces contradictorias con las primeras. Los mitos son narrativas
parciales y su reunión no propicia el diseño de ninguna totalidad,
pues no existe un hilo narrativo en la mitología, como aquel que
guía la construcción de la historia para los occidentales. En el
mundo mítico, los eventos no se ajustan a un tiempo continuo y
lineal. El tiempo del mito es el tiempo de los orígenes, y parece
existir un tiempo vacío entre el hecho contado por el mito y el
tiempo del narrador.
Para los yorubas,
los muertos deben reencarnar y, mientras esperan por el
renacimiento, habitan el mundo de los que van a nacer, que está
próximo al mundo del aquí y ahora, en mundo en que vivimos, el Aiê.
Ese mundo del futuro inmediato se ata al presente por el hecho de
que aquel que va a nacer de nuevo tiene que permanecer vivo en la
memoria de sus descendientes, participando de sus vidas y siendo
alimentado por ellos en los ritos sacrificiales, hasta el día de su
renacimiento como un nuevo miembro de su propia familia. Para el
hombre, el mundo de las realizaciones, de la felicidad, de la
plenitud, es el mundo del presente, el Aiê, sin que haya premio ni
castigo en el mundo de los que van a nacer, el mundo de los muertos,
pues allí nada sucede. Los hombres y las mujeres pagan por sus
crímenes en vida y son castigados por las instancias humanas. De la
misma forma, los castigos a los humanos impuestos por los dioses y
antepasados, por causa de malos actos, no los alcanzan después de la
muerte, pero se aplican a toda la colectividad a la cual el
infractor pertenece, y eso también sucede en el Aiê, en una
concepción ética que está focalizada en la colectividad y no en el
individuo. (Mbon, 1991:102), sin que exista la noción cristiana de
salvación en el otro mundo ni la idea de pecado. El otro mundo
habitado por los muertos es temporario, transitorio, volcado al
presente de los humanos. Ni siquiera la vida espiritual tiene
expresión en el futuro. Los muertos ilustres -fundadores de troncos
familiares y de ciudades, héroes, reyes, conquistadores, grandes
sacerdotes- pueden llegar a ser adorados como antepasados, los
egunguns, yendo a habitar el pasado mítico, el pasado distante,
localizado en el Orum, donde viven los dioses orixás, de los cuales
muchos son antiguos héroes divinizados, cuyo culto se desprendió de
los límites de la familia y se generalizó, incorporándose al pasado
mítico de todo un clan, una ciudad, un pueblo, viniendo a tener
altares erigidos en su homenaje, inclusive hasta del otro lado del
océano, como sucedió con muchos orixás en América.
El pasado remoto
de la narrativa mítica, que trata de los orixás y de los
antepasados, se transmite de generación en generación, por medio de
la oralidad, es el que da el sentido general de la vida para todos y
proporciona la identidad grupal y los valores y normas escenciales
para la acción en aquella sociedad, confundiéndose plenamente con la
religión. Enseña Prigogine, premio Nobel de física, que el tiempo
cíclico es el tiempo de la naturaleza, el tiempo reversible, es
también el tiempo de la memoria, el tiempo mítico que no se pierde,
sino que se restablece. En contrapartida, el tiempo de la historia,
es el tiempo irreversible, un tiempo que no se asocia ni a la
eternidad ni al eterno retorno. El tiempo del mito y el tiempo de la
memoria describen un mismo movimiento de reposición: sale del
presente, va hacia el pasado y vuelta al presente, en donde el
futuro apenas es el tiempo necesario para la reencarnación, el
renacimiento, el comenzar de nuevo. La religión es la ritualización
de esa memoria, de ese tiempo cíclico, o sea, la representación en
el presente, a través de símbolos y escenificaciones ritualizadas,
de ese pasado que garantiza la identidad del grupo -quiénes somos,
de dónde vinimos, a dónde vamos?. Es el tiempo de la tradición, del
no cambio, de la religión , la religión como fuente de identidad que
reitera en lo cotidiano la memoria ancestral. En el candomblé,
emblemáticamente, cuando un hijo de santo entra en transe e
incorpora un orixá, asumiendo su identidad, que está representada
por la danza característica que recuerda las aventuras míticas de
esa divinidad, es el pasado remoto, colectivo, lo que aflora en el
presente para mostrarse vivo, el transe ritual repite el pasado en
el presente, en una representación en carne y hueso de la memoria
colectiva.
Para los yorubas,
como todo es repetición, nada es novedad, aquello que nos sucede hoy
y que está a punto de suceder en el futuro inmediato, ya fue vivido
antes por otro ser humano, por un antepasado, por los propios Orixás.
El Oráculo de Ifá, practicado por los babalaos, se basa en el
conocimiento de un gran repertorio de mitos que hablan de toda
suerte de hechos sucedidos en el pasado remoto que vuelven a
suceder, involucrando personajes del presente. Siempre es el pasado
lo que ilumina el presente y el futuro inmediato. Conocer el pasado
es detentar las fórmulas de control de los acontecimientos de la
vida de los vivos. Ese pasado mítico, que se renueva a cada instante
en el presente, se narra a través de los Odus del Oráculo de Ifá,
preservados en Brasil por el juego de buzios de las madres y padres
de santo de los candomblés. El juego de buzios es la lectura del
tiempo mítico que se rehace en el presente. Es mirar el presente con
los ojos del pasado.
A esa concepción
africana de tiempo están íntimamente asociadas las ideas de
aprendizaje, saber, competencia, y jerarquía que podemos observar en
el candomblé. Para los africanos tradicionales, el conocimiento
humano se entiende, por sobretodo, como resultado del transcurrir
inexorable de la vida, del beneficio del tiempo, de la construcción
de la biografía. Se sabe más porque se es viejo, porque se vivió el
tiempo necesario para aprender. el aprendizaje no es una esfera
aislada de la vida, como nuestra escuela occidental, sino un proceso
que se realiza desde adentro, participativamente. Se aprende a
medida que se hace, que se vive. Con el pasar del tiempo, los mas
viejos van acumulando un conocimiento al cual el joven solo podrá
acceder cuando haya vivido las mismas experiencias. Incluso cuando
se trata de conocimiento especializado, el aprendizaje es por
imitación y repetición. Las diferentes sociedades profesionales,
especialmente las de carácter mágico y religioso, dividen las
responsabilidades de acuerdo con la antigüedad de sus miembros y
establecen ritos de pasaje que marcan la culminación de una etapa de
aprendizaje para ingresar a otra, que ciertamente, implica el acceso
a nuevos conocimientos, secretos o misterios de la sociedad. |